Testamentos y enterramientos en Baños de Montemayor (siglos XVI-XIX)

Testamento

En la Edad Moderna, la visión cercana de la muerte y la necesidad de estar preparados para momento tan crucial, junto con el temor a la exclusión de la salvación eterna, hizo que los vecinos de Baños de Montemayor otorgaran su testamento en el penúltimo momento: durante el agravamiento de su enfermedad final, reflejando una buena muerte, en la cama, acompañada, rezada, testada y protegida:

María Granada vecina de la parte de Béjar, gastó 27 reales en los tres testamentos que otorgó en las diferentes ocasiones que se halló enferma, dos en 1760 y uno en 1763, año en que falleció.  

El sentido del testamento viene relacionado con la idea básica de arreglar las cosas del espíritu ante su conciencia y ante Dios, más que arreglar los problemas de herencias. El moribundo encontraba que a través de su vida había contraído compromisos familiares, con deudores, acreedores, amigos, pobre, cofradías, y con la parroquia de donde era feligrés, por ello cuidados espirituales y económicos-sociales se entremezclan y se le presentaban entonces sin poder eludir ninguno.

Ante esta disyuntiva la legislación civil y la Iglesia recomendaban la ejecución de una escritura testamentaria como el mejor sistema para solucionar legítimamente la distribución y partición de los bienes materiales y alejarse de los temidos infierno y purgatorio.

Del mismo modo que en la actualidad el testamento conlleva una forma determinada, también en la Edad Moderna se revestía de un protocolo propio.

Partes del testamento

La primera parte constaba de un encabezamiento en el que se hacía una invocación, una profesión de fe, así como una notificación e intitulación.

Entre las causas y fines expuestos por los declarantes al solicitar el testamento, estaban las siguientes: temor a la muerte, estar prevenido para la hora de la muerte, para hacer honra y gloria de Dios nuestro señor, poner el alma en la carrera de salvación, descargar la conciencia etc., pudiendo incluso coincidir varios de ellos en un solo documento. De ahí que en la primera parte del testamento aparezcan unas cláusulas religiosas-confesionales, que integran los formulismos que testadores y escribanos utilizaban para validar y mostrar la significación espiritual del testamento.

En el testamento de Luis Flores de Tórtoles realizado en 1584 en Baños, jurisdicción de Montemayor refleja lo siguiente:

“Sepan cuantos esta carta de testamento vieren como yo Luis Flores vecino del lugar de Baños en el término de la villa de Montemayor estando enfermo del cuerpo pero sano en mi entendimiento y mi cumplida memoria tal cualidades nuestro señor fuese servido de mandar y temiéndome de la muerte de la que ninguno puede escapar y tomando por intercesora a la serenísima reina de los ángeles madre de Dios y señora nuestra a quien yo tomo por mi abogada e intercesora y creyendo firmemente como creo en la santísima trinidad padre, hijo y espíritu santo, tres personas distintas y un solo Dios verdadero hago y ordeno este mi testamento en la forma y orden siguiente:”

La segunda parte del testamento estaba integrada por las cláusulas referentes al lugar de sepultura, organización del sepelio, petición de sufragios y misas post-mortem, y a veces otorgamiento de mandas pías:

Veamos un ejemplo:

María Campo Andrino en su testamento de 29 de agosto de 1807, manda lo siguiente: “Primeramente mando y encomiendo mi alma a dios nuestro señor que la crió de la nada, y la redimió con su preziosisima sangre y la suplico las llebe consigo a la gloria para donde fue criada, y el cuerpo mando a la tierra el que fue formado y que mi cuerpo sea amortajado con sábana, sea sepultado en yglesia Parroquial de Santa María deste dicho lugar en la sepultura de mis padres o donde más lugar aia. Yten mando que mi entierro sea con ofizio de tres lecziones y misa rezada de cuerpo presente. Yten mando por mi alma treinta misas rezadas y mando por santos y santas de mi devozión y penitenzias mal cumplidas y cargos satisfaztorios se zelebren zinco misas. Yten mando a las obras pías casa Santa de Jerusalén y rescate de cautibos cristianos la limosna acostumbrada con que las separo y aparto de mis bienes”.

En el testamento de l doctor Juan Flores Rengifo, que hizo en 1635 y al hablar de la fundación de la capellanía y de la obra pía de casar huérfanas fueran «parientas o no parientas» pone ciertas condiciones, que no dejan de ser curiosas:

» Yten mando que todas las dichas huérfanas parientas y no parientas que después de ocho días de cómo se velasen o que no lleguen a casarse y se quedasen con el dote como dicho arriba en un día de fiesta las que fueren de cada jurisdicion me ofrenden una ofrenda de pan y vino que es una libra de pan y un quartillo de vino y una manda en cera y no en dinero para el ánima de mi hermana y  mía y de nuestros difuntos y las de tierra de Montemayor se sienten en mi sepultura y las de tierra de Béjar en la sepultura de mi hermana y encargo a los patronos tengan cuidado como se cumple esto y no les acaben de dar libranza hasta que se cumpla y así mismo encargo a las dichas huérfanas que se dotaren que cada una en su parroquia si buenamente pudieran acudan a mi sepultura y a la de mi hermana a la misa del Gallo, la Pascua de Navidad a rogar a Dios por nosotros y honrar nuestras sepulturas como pobres a quien tanto yo quiero, mostrándose agradecidas a lo poco que les puedo dar y les doy que en esto se servirá nuestra fundación.»

 En la tercera parte se mencionaban legados con diferentes destinatarios, valoración y calidad, inventarios de deudas y nombramientos de albaceas y herederos, cláusulas decisorias sobre el futuro familiar, disponiendo la distribución de bienes entre los destinatarios una vez rebajados los gastos funerarios y las deudas pendientes:

En el testamento de María González, en 1711 se dice lo siguiente:

“Yten declaro que estamos deviendo mi marido y yo a un vezino de la villa de Vexar quinientos y quarenta reales y esto lo declaro así porque vien save el dicho mi marido quienes y porque otro día ayga quenta y razón con mis hijos y mi marido pues los pagara ahora. Yten mando a mi cuñada Ysabel Flores el manteo de paño pardo que me pongo a cada día con hirma azul. Y para cumplir y pagar este mi testamento mandas y legados en él contenidos dejo y nonbro por mis thestamentarios ejecutores y albazeas del, a mi marido Joseph Flores y a Domingo Romero mi cuñado, (…) dejo y nombro por mis lexitimos e unibersales herederos a José, María, Catalina y Rosa mis hijos y del dicho mi marido para que ygualmente los ayan hereden y partan por yguales partes con la vendizión de Dios y la mía”.

Ante la posibilidad de interferencias por parte de familiares, los testadores establecían una cláusula de “cautela” por la cual no sería válida ninguna otra declaración que no llevase un signo distintivo particular. En todo caso, eran conscientes de una posible intromisión tendente a modificar sus voluntades, obligando a disponer, bajo presión, lo que no deseaban. Es el caso de María Egipcíaca Tostado que, en su testamento de 11 de enero de 1763, presentado ante el escribano Matías Sánchez Pérez, dispone que por cuanto se hallaba perseguida por su marido, José Cabresán, para que hiciera testamento a su favor dejándole como único heredero, a lo que ella se oponía, establece en dicho testamento lo siguiente:

“…quiero que este mi testamento no sea revocado, aunque por persuasiones, alagos, fuerza o amenazas del dicho mi marido, otorgase otros testamentos, poderes o codizilos después deste, es mi boluntad que ninguno balga como en ellas no se contengan las palavras siguientes: “que inboco san Pedro, san Pablo y san Antonio de Padua”.

La última parte la formaba lo que se denominaba el protocolo final, en el que el testamento necesitaba el refrendo de testigos que junto al escribano daban fe de todo lo que allí se estaba escribiendo, recogiendo también la fecha, el lugar.

Normalmente estos testigos no podían ser los testamentarios, aquellos favorecidos por alguna manda, parientes dentro del cuarto grado, los herederos o aquellos que expresados en alguna de las cláusulas. Por eso solían serlo los amigos y familiares sin grado de consanguinidad (yernos, cuñados, etc). Martín Bajo vecino de la parte de Béjar, llama como testigos de su última voluntad en 1693 a las siguientes personas:

 “…en testimonio de lo qual lo otorgue por firme según y en la manera que dicho es ante el presente escribano público y testigos que fue fecho y otorgado en el lugar de Baños juridizión de la billa de Bejar en diez días del mes de maio de mil y seisçientos y nobenta y tres años siendo testigos que fueron presentes llamados y rogados Juan Sánchez Colmenar, Juan González y Alonso González todos vezinos deste lugar de Baños y el otorgante que yo el escribano doi fee conozco dijo no saber firmar a su ruego firmo un testigo”.

A finales del siglo XVIII hubo un cambio en el sentido de que el testamento se convirtió cada vez más en un documento formal, del que desaparecen progresivamente las cláusulas pías, los servicios religiosos, la elección de sepulturas y las fundaciones de misas, lo que ha sido interpretado como una laicización del documento.

Mortaja y acompañamiento del cadáver

Cuando se producía la muerte de algún vecino o vecina, el primer paso para su sepultura o enterramiento era la elección de mortaja, es decir dotar al cuerpo de una vestidura a modo de envoltura que fuera adecuada para su última morada tanto en sentido religioso como social. Por eso una vez fallecido, se procedía a amortajarlo a no ser que, con anterioridad, se le hubiera cubierto con las vestiduras de una orden religiosa. Normalmente esta labor era llevada a cabo por familiares o amigos, o bien personas que se encargaran de ello a cambio de una cantidad de dinero. Lo cierto es que a quienes no solicitaban la prenda religiosa se le amortajaba con una mortaja blanca de lienzo.

Aunque algunos vecinos, los más pudientes, preferían que se les amortajara con las vestiduras de las órdenes religiosas, ya que existía creencia que el que las solicitaba ganaba numerosas indulgencias, otro motivo más para buscar la salvación de su alma.

Una vez amortajado el cuerpo del difunto con la ropa convenida, se tendía sobre una cama y se alumbraba con “hachas” de cera ardiendo.

Si no era así, se conformaba que su cuerpo fuera trasladado por las cajas o andas que las cofradías tenían previstas para este fin. Después de introducir el cadáver en cualquiera de las opciones anteriores, se procedía a su traslado a la iglesia cubierto con un paño negro.

 Por último, si no era miembro de alguna cofradía, se utilizaban las que cada parroquia tenía dispuesta al efecto, o bien directamente se le enterraba en la sepultura envueltos en sábanas.

Existía en Baños como en los pueblos de los alrededores, la costumbre que las mujeres, ya fueran suegras, nueras, viudas, madres o hijas del difunto, asistieran a los entierros de sus respectivos maridos, hijos, madres, yernos o suegros, llorando, dando gritos y descomponiéndose en voces, de forma que a veces impedían la normal celebración de los oficios en la iglesia, siendo a menudo sancionada tal costumbre por los obispados a través de sus respectivos mandatos generales.

En la visita pastoral efectuada en 1737 a la iglesia de Santa María, en un mandato general se avisa a estas personas que se abstengan de tales actitudes e imponiendo una pena de 200 maravedíes para quien incumpliera tal mandato.

Enterramientos

La costumbre de enterrar a los muertos en las Iglesias, muy arraigada a la tradición cristiana, se consolida por razones religiosas y económicas a lo largo de la historia de la cristiandad. Así según la mentalidad popular, se sabía que los enterramientos en los lugares santos propiciaban que los muertos se beneficiaran de las oraciones que la vecindad destinaba a los difuntos, y que los parientes y amigos al asistir a los oficios se acordaran de rogar a Dios por la salvación de sus almas. Y la Iglesia no lo desmentía porque, a la vez que conformaba a los creyentes, constituía una muy buena fuente de financiación de las arcas eclesiásticas

Dentro de la iglesia y otros edificios religiosos los personajes más favorecidos ocupaban espacios privilegiados: capillas privadas, criptas o bóvedas excavadas en muros y suelos. La nave central se reservaba para categorías religiosas y familias reales. El resto de la población ocupaba el espacio sobrante. Y sólo en caso de necesidad, se habilitaba el atrio, un pequeño recinto cerrado alrededor de la iglesia donde se desarrollaron los cementerios parroquiales del mundo rural.

En la mayoría de testamentos que he estudiado, los testadores piden ser inhumados en sitios concretos, por motivaciones diversas, aunque en el fondo buscaban los mayores beneficios espirituales. Pero lo que era común es que todos los vecinos querían ser enterrados en el interior de alguna de las dos iglesias parroquiales.

Otra característica que aparece en los testamentos es que el aprovechamiento de las sepulturas para varios miembros de la familia era una constante

 Francisco Tostado, hidalgo y vecino de la parte de Béjar, en su testamento de 28 de agosto de 1754, pasado ante el escribano Matías Sánchez Pérez, dispone exactamente donde quiere que sea enterrado:

y pasado de esta presente bida a la eterna mi cuerpo sea sepultado en la parroquial de Santa Catalina deste lugar de Baños en la sepultura de la dotación de mis padres que está en la capilla mayor junto a las gradas del presbiterio de dicha iglesia”.

Había una escasa demanda de féretros de madera para los enterramientos. Su uso no es frecuente en los siglos XVI y XVII, comenzando su apogeo en el transcurso del XVIII.

Antonia Gabriel, vecina de Baños de Béjar, en su testamento de 1753, manda: “sea sepultada con el hábito de religiosa Franziscana y el ataúd de madera”.

 Pero no todos los vecinos podían hacer tal petición, por eso en el testamento de Francisco Díaz, hijo, de 1693, solicita lo siguiente:

“Primeramente encomiendo mi alma a dios nuestro señor que la crió y redimió por su preziosa sangre y el cuerpo mando a la tierra a donde fue formado el qual mando que si dios me llevare desta enfermedad sea sepultado en la yglesia de Santa Cathalina deste lugar de Baños a donde aia lugar de derecho y el día de mi entierro digan misa por mi alma…”

El motivo de que la sepultura fuera iluminada durante cierto tiempo con hachas o velas y sitio visible provocaba que en cierto modo el difunto siguiese presente en la memoria de sus convecinos.

Ana del Castillo y Pedro Sánchez Colmenar en sus testamentos otorgados el 9 de enero de 1653 ante el escribano Manuel González Gallego, de la parte de Béjar, ordena que el día de su entierro “se pongan dos blandones de çera de las tinieblas en su sepultura para que estuvieran ardiendo mientras se celebraran los oficios divinos, pagando lo que se gastara de cera y asimismo se dieran de limosna seis reales aparte”.

Había en Baños una persona encargada de cuidar las sepulturas, así como de encender y apagar los hachones y velas: era la candelera o ciriera. Esta figura viene recogida en los libros de fábrica de ambas parroquias. Según consta en una partida de gastos de la parroquia de Santa Catalina de 1733, su sueldo ascendía a cuarenta y cuatro reales.

Dentro de las iglesias, distintos criterios de vanidad, caridad cristiana, estatus social, familiares y sobre todo de raíz económica, diferenciaban a los enterrados en la capilla mayor, en las capillas laterales, o bajo la tribuna de la parroquia elegida.

El negocio de las sepulturas fue una constante que la iglesia toleró y los fieles contribuyeron a mantener, al igual que sigue ocurriendo con el negocio de la muerte. El deseo de sobresalir, incluso en la muerte, potenció el encarecimiento de las sepulturas y el encargo de misas y novenas dedicadas a los fieles difuntos.

En el inventario efectuado en la parroquia de Santa María en 1665, aparece una lista de precios de las sepulturas que se efectuaban dentro de la iglesia, es la que sigue:

 “Sepulturas:  La capilla mayor, mil maravedís. La capilla de la Magdalena, quinientos. Repartase el cuerpo de la yglessia en tres terçios: El primer terçio hasta la losa que tiene dotada Françisco Flores Rengifo, cura de dicha yglessia pagan a tresçientos maravedís. No se abren las sepulturas dentro de tres años. El segundo terçio a duzientos maravedís cada sepultura. Llega este terçio hasta el arco de la tribuna hasta la pila del agua bendita. El tercer terçio para abajo a zien reales. Los niños y muchachos que no han cumplido siete años pagan por mitad, después pagan por entero.”

Dotación y precios de sepulturas iglesia de santa María. El primer documento de 1571 y el segundo de 1771

No obstante, el coste de las sepulturas, el abandono en que caían al poco tiempo del enterramiento obligó a las autoridades eclesiásticas a diseñar toda una serie de normas que al menos mitigara el abandono cuando no el potencial peligro sanitario. Los propietarios se olvidaban de mantener la sepultura, y enladrillarla después de reabrirla. Ello obligó a exigir a los familiares del difunto un precio (50 maravedíes) y la obligación de cubrir y enladrillar a su costa en el plazo de tres días. A la vez que se imponía que, si una sepultura no era visitada por los familiares en tres años, se perderían los derechos de propiedad y podría ser vendida de nuevo a otros.

A pesar de las disposiciones, dentro de la iglesia prevalecía la negligencia a la hora de cuidar el estado y aspecto de las sepulturas. Los suelos levantados a causa de sepulturas sin igualar ni enladrillar después de reabiertas, con el consecuente hedor y falta de higiene fueron continuamente denunciados. En algunos casos el pavimento de los templos llenos de sepulturas debía estar tan descuidado que hubo que mandar que, periódicamente, cada uno señalase sus sepulturas y las mantuviera en buenas condiciones.

En los mandatos generales de 1797 consta que se había enlosado el suelo de la iglesia parroquial de santa Catalina y se hace relación de las sepulturas para su correspondiente colocación.:

“La del número 3 en la capilla mayor es la que dotó el doctor don Juan Flores Rengifo canónigo doctoral de la santa iglesia de Coria, de cuya dotación, se halla razón por extenso en libro viejo de becerro al folio 53 vuelto. La del número 4 también en la capilla mayor es la que doto don Francisco Tostado de Tortoles Flores Rengifo en 16 de septiembre de 1699. La del número 13 en la fila segunda de la capilla mayor es la que dotó don Esteban Sánchez Colmenar presbítero cuya datación se hace mención en su…”

Nuevas disposiciones en los enterramientos

Esta costumbre de enterrar a los difuntos dentro de las iglesias, siguió efectuándose hasta bien entrado el siglo XIX, a pesar de las prohibiciones de hacerlo por la Real Cédula de 1787. Es el primer intento de construcción de recintos dedicados a la recepción de cadáveres. Prohíbe los enterramientos intramuros, ordenando la construcción de cementerios fuera de las ciudades. La Ordenanza resultó más teórica que práctica. En ella no se daban pautas para la construcción de cementerios ni reglas concretas para su ubicación. Solamente recomendaba situar los cementerios cercanos a ermitas, en lugares amplios y ventilados. Tampoco se determina la jurisdicción municipal o eclesiástica de las nuevas construcciones. Se produce una cierta continuidad tipológica respecto a los antiguos enterramientos parroquiales. A lo largo del siglo XIX ( 1806, 1833, 1834,1840) se suceden otras Órdenes Reales recordando la prohibición y concediendo facilidades económicas para su cumplimiento.

Construcción del primer cementerio civil o extramuros de Baños

Los periodos de 1833 y 1855 son períodos de alta mortalidad provocada por oleadas epidémicas. La preocupación de los higienistas y el impulso de los poderes públicos se ve en esos años apoyado por el temor de la población al contagio, lo que hace que las propuestas lleguen a buen fin y se active la construcción de cementerios.

Una Real Orden de 2 de junio de 1833, obligó a los intendentes de provincia, valiéndose de los alcaldes mayores y de los ayuntamientos, que se evitara hacer las inhumaciones dentro de las iglesias, y se construyeran en todas las poblaciones cementerios para enterrar los cadáveres. En aquellas poblaciones en las que no existían esas autoridades civiles se debían construir a costa de los fondos de las fábricas de las iglesias.

El reglamento que desarrollaba tal Orden Real, creó una jurisdicción mixta eclesiástico-civil del cementerio: el municipio se hacía responsable de la construcción del nuevo recinto y la custodia de éste quedaba en manos de las autoridades eclesiásticas.

En los distintos testamentos y partidas de defunción, se comprueba que cada parroquia tenía adjudicada una zona para sus parroquianos.

Esta Real Orden coincide con la epidemia de cólera, presente en Portugal, y el temor que llegara a las poblaciones españolas impulsó esta construcción de cementerios. Si a ello unimos el temor de la población, la buena disposición de las autoridades civiles y eclesiásticas tenemos los motivos de la creación, y ampliación de los cementerios en esa época. Muchos pueblos pequeños comenzaron a construir cementerios en lugares apartados.

En Baños de Montemayor se creó el primer cementerio a principios de verano de 1833 en la zona de la actual avenida de Extremadura (la parte que ocupa el local del Centro de Formación Fermín Chamorro). Se utiliza la ermita del humilladero como nuevo campo santo. No debió ser fácil conformar a los vecinos con el traslado de los cadáveres, de la iglesia, a un Campo Santo, pero no hubo opción alternativa.

Muchos vecinos en sus testamentos solicitan ser enterrados “donde procediera”, ante la confusión sobre donde podía ser enterrado o bien por resignación.

En el testamento de María Gómez, en 1833 dice lo siguiente:

“Primeramente mando y encomiendo mi alma a Dios que la crió y el cuerpo a la tierra de que fue formado el cual quiero sea sepultado donde haya lugar según reales órdenes”

 Los primeros documentos de enterramientos efectuados en el nuevo cementerio provisional de la ermita del humilladero datan de julio de 1833.

Las cláusulas testamentarias de los vecinos van adaptándose a los nuevos cambios a la hora de elegir su sepultura, dejando libre elección a las autoridades eclesiásticas para que le dieran santo entierro en el lugar que fuera conveniente. A partir de octubre de 1833 se empieza a utilizar el nuevo Campo Santo construido como hemos dicho en la actual Avenida de Extremadura. En este nuevo cementerio cada parroquia de Baños, disponía de una parte para poder dar sepultura a los feligreses de la misma.

Construcción segundo cementerio de Baños, 1856

En el período de 1855-1857 se vuelve a tomar medidas por parte de las autoridades para que se ponga remedio a la falta de cementerios en muchos pueblos, en concreto la Real Orden de noviembre de 1857, las disposiciones irán encaminadas a mejorar los cementerios existentes, y a corregir en los nuevos cementerios errores anteriores.

Baños de Montemayor tenía su cementerio construido en 1833 como hemos visto, pero debido a la epidemia de cólera que asoló esta población en 1855, resultó insuficiente para poder enterrar todos los cadáveres que se amontonaban en su interior.

Según cuentan los mayores de este pueblo, por referencias de sus antepasados, a los enfermos del cólera que se creían estaban muertos se les sacaba de casa y montados en un carro los llevaban al cementerio donde les dejaban allí sin enterrar, pues eran muchos los fallecidos y cuando volvían a llevar más cadáveres, a veces no se podía entrar en el cementerio porque aquellos se habían movido hacia la puerta como queriendo escapar, muriendo en el intento e impidiendo el paso, por lo que los tiraban por encima de la puerta. Es fácil pensar que aquellos días debieron ser muy duros para los habitantes de Baños de Montemayor.

Una consecuencia de esta epidemia fue la construcción en 1856 de un nuevo cementerio, que es el que actualmente está en servicio. La fecha de construcción se puede observar perfectamente en el dintel de la entrada antigua.

En 1885 ante la proximidad de la enfermedad del cólera que estaba causando estragos en zonas limítrofes de Baños de Montemayor, como en La Garganta, la Junta de Sanidad de Baños propuso la conveniencia de tomar medidas higiénicas, creyendo necesario ensanchar el cementerio, ante la evidencia de que el que existía no era suficiente para acoger a posibles fallecidos. También se dispuso la creación de un depósito de cadáveres. Para el ensanche del cementerio se tuvo que comprar un terreno a Vicente Gallardo por el total de 300 pesetas.

Ejemplo de un testamento: Catalina Flores, 1691

Transcripción: Se ha transcrito tal y como está el original.

Testamento de Catalina Flores, 1691

2 comentarios sobre “Testamentos y enterramientos en Baños de Montemayor (siglos XVI-XIX)

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