Los crímenes de Baños

En esta entrada quiero mostrar los crímenes ocurridos en Baños de Montemayor a inicios del siglo XX. Los periódicos de la época los referían así: «Doble parricidio» «Joven asesinada por su novio» o “Los crímenes de Baños”.

Envenenamiento 1901

 El 11 de noviembre de 1901, entre las diez y las once de la noche fallecieron envenenados dos vecinos de Baños: Santiago Iglesias y su esposa Francisca Simón.

 Desde hacía tiempo vivía en Baños una familia que procedía del pueblo cacereño de las Torres de san Miguel, compuesta por Santiago Iglesias, su mujer Francisca Simón y el hijo único de este matrimonio, Leandro Iglesias, nacido en Baños en 1879. El padre tenía malos antecedentes, pues había estado en prisión varias veces, y la madre nunca tuvo problemas de ese tipo.

En la misma calle y a corta distancia de la casa donde vivía esta familia, en la calle Castañar, habitaba otra familia compuesta por Feliciana Robles (natural de Miranda del Castañar, 1852-1918), viuda de Juan Martín García (1827-1880), natural de Baños y su hija Genara Martín, nacida en Baños en 1879. Feliciana Robles, según su propia declaración, venía sosteniendo desde hace muchos años relaciones con Santiago Iglesias, y su hija Genara Martín era novia de Leandro Iglesias.  

El día 11 de noviembre de 1901, se tuvo conocimiento de que Francisca Simón se encontraba gravemente enferma debido a un cólico. Todos e incluso el mismo médico creyeron que se trataba de una enfermedad natural producida por haber comido patatas en malas condiciones, pero al ver que a los pocos momentos sufría igual padecimiento su marido Santiago Iglesias y que a la media hora fallecían los dos, se presumió fundadamente que se trataba de una intoxicación y se dio cuenta al juzgado. Así aparece en las partidas de defunción de ambos “intoxicación sospechosa”.

Avisado el juez de instrucción de Hervás, acompañado del teniente de la Guardia Civil empezaron a hacer las primeras diligencias.

La revista «Nuevo Mundo» se hizo eco del crimen

 Los vecinos que conocían de las andanzas de estas familias vieron enseguida que la muerte no se debía a un accidente puramente casual, opinión robustecida al afirmarse que del mismo caldero de patatas que habían cenado los esposos, lo había hecho también Leandro, sin que éste sufriera problema alguno de salud. Pero en cuanto se hicieron las primeras averiguaciones se pudo comprobar que el hijo, lejos de comer la ración de patatas durante la cena, la había arrojado a la calle, adquiriendo las autoridades el convencimiento de que había sido un parricidio, que tomó fuerza después de la frialdad con que el hijo reconoció los cadáveres de los padres en el cementerio.

Dos días después del doble parricidio, Feliciana Robles llevó la cena a Leandro al depósito municipal, donde estaba detenido, habiéndole echado en ella otra sustancia venenosa, con el ánimo de que Leandro muriese antes de declarar la participación que ella había tenido en las dos muertes anteriores. Tras sentir los primeros efectos de intoxicación y sospechando que podría haber sido víctima de envenenamiento, avisó inmediatamente, siendo tan eficaz y diligente el auxilio que los facultativos le prestaron suministrándole un enérgico vomitivo, que gracias al cual pudieron salvarle la vida. Feliciana Robles fue detenida tras este acto y los dos fueron trasladados posteriormente a la cárcel de Hervás.

Lo cierto es que una vez realizadas las averiguaciones pertinentes y escuchadas ambas declaraciones, los hechos ocurrieron de esta manera:

Feliciana Robles dio a Leandro Iglesias una cantidad determinada de veneno (cicuta) que éste vertió en el caldero donde guisaban las patatas que servirían de cena para la familia. Sabiendo Leandro que el veneno era de efectos inmediatos, esperó en su casa y al ver los primeros síntomas de envenenamiento en sus padres Santiago Iglesias y Francisca Simón, fue a comunicárselo a Feliciana Robles.

Al parecer, el propósito de Feliciana y Leandro era dar muerte solamente a Francisca Simón, que era el obstáculo para las relaciones ilícitas que mantenían Feliciana Robles y Santiago Iglesias, y el posterior casamiento de Leandro con Genara y el de Feliciana y Santiago. Se rumoreaba en el pueblo que la oposición de Francisca Simón al matrimonio entre Leandro y Genara, obedecía a la creencia de que pudieran ser hermanos, ya que la relación extramatrimonial de Santiago y Feliciana databa de muy antiguo. 

Una vez que Leandro Iglesias confesó su crimen y preso del remordimiento, pidió perdón y solicitó que cuanto antes le llevaran al patíbulo. Por su lado Feliciana Robles negó siempre toda intervención en el doble crimen.

El pueblo de Baños, que en un principio miraba con prevención las diligencias judiciales creyéndolas un mero alarde de celo por parte del juez y el teniente de la Guardia Civil de Hervás, reconoció posteriormente que se hubiera aclarado tan horrendo crimen, aclarando ante el corresponsal del periódico “El Imparcial” que ni los envenenados ni los envenenadores eran de esta población.

Según los periódicos de la época como el «Noticiero de Cáceres» era mucho el interés que en la provincia estaba despertando esta causa a medida que se acercaba el juicio. La vista del juicio tuvo lugar a principios de julio de 1903 y en el mismo mes fue condenado Leandro Iglesias a dos penas de muerte y Feliciana Robles salió absuelta, muriendo en Baños en 1918. Genara contrajo matrimonio en Baños de Montemayor y se fue a vivir fuera del pueblo.

El periódico «El Norte de Extremadura» en su edición de 6 de abril de 1904, nos cuenta que entre los reos agraciados para el indulto que se daba el Viernes Santo no estaba Leandro Iglesias, por lo que su visita al garrote vil sería inevitable.

Feliciana Robles y Leandro Iglesias cuando fueron detenidos.
Se pueden ver los grilletes que llevaban en los tobillos

Asesinato 1915

Joven asesinada por su novio. Así titulaba un periódico de la época el crimen cometido por un amante despechado.

El día 29 de junio de 1915 se produjo un sangriento drama en Baños de Montemayor, del cual resultó víctima una muchacha de Cantagallo, llamada Elena Granado de 20 años que trabajaba en Baños, de profesión guarnecedora.

El crimen tuvo lugar a las siete y media de la tarde en el paseo de Baños. La víctima se llamaba Elena Granado de 20 años y era natural de Cantagallo de profesión guarnecedora. El autor del crimen Egberto Sánchez de 27 años era zapatero y natural de Hervás. Estaba completamente impedido, usando para andar dos muletas auxiliares, pues tenía una pierna más corta que otra y una de ellas paralítica.

Ellos se conocían desde hacía cuatro años. El novio tenía el oficio de zapatero y fue a trabajar a Cantagallo y allí se conocieron pues ambos trabajaron en casa del mismo señor. Pasado algún tiempo y a los seis meses aproximadamente de estancia en Cantagallo, aquella amistad pasó a ser un amor puro y honesto que ambos se profesaban.

En el transcurso de tres años y medio no se observó que existiera disputa alguna entre los enamorados, pero en enero de 1915, hubo ruptura de relaciones, volviéndose a reanudar en abril. Aunque ganaba un jornal bastante crecido, pues era notable zapatero, como estaba tan imposibilitado, la familia de la novia trató de acabar con la pasión de su hija Elena que tan ciegamente amaba a su novio. Como no lo consiguieron a fuerza de ruegos y súplicas no volvieron a instarla más, deseando ya los padres que se casaran cuanto antes.

Pero lo que no pudieron conseguir los padres cuando el amor estaba en ciernes, lo pudieron conseguir las amigas de la difunta Elena, aconsejándola en Baños que, dado su elegante tipo y admirable belleza, debía aspirar a más que un “cojo” y, por consiguiente, que debía dejarlo. Y la convencieron, pero como el novio quería con toda su alma a Elena, las palabras de su novia no tuvieron para él el espíritu de convicción que ella quería a toda costa transmitirle.

Y ya en esta situación llegó el día 29 de junio, día en que Egberto se trasladó de Cantagallo, sitio en que estaba trabajando, a Baños de Montemayor a ver a su novia, y como éste observara en ella manifiesta frialdad y además que había un nuevo pretendiente para Elena, se presentó en mencionado día en uno de los paseos más concurridos de Baños de Montemayor. Aquél habló a su novia paseando con otras amigas y después del saludo le preguntó a Elena que de aquello qué era lo que pensaba. Como ella le contestó con un ademán de indiferencia, dejó una de sus muletas que apoyó sobre su novia, sacando de la manga del brazo izquierdo un enorme puñal con el cual atravesó el cuerpo de la infeliz Elena de adelante a atrás, seccionándola la tráquea y otra infinidad de vasos que la hicieron perder la vida instantáneamente, siendo tal el valor de la interfecta que pudo ella misma extraerse el puñal, quedando muerta con él en la mano.

Elena llevaba un mes trabajando en Baños de Montemayor. Él dijo ante el juez instructor de la causa, que la mató porque no podía consentir que le abandonara «la que fue su novia y a la que tanto quería«.

La muerte tan horrible de la joven Elena causó extraordinario sentimiento en los pueblos de la comarca y muy principalmente en Cantagallo, acaparando el espantoso asesinato la atención de todos.

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