Embarazo de una vecina, 1737

Era una tarde de verano de 1736 en el pueblo de Baños de Montemayor. Por allí, en la vía natural del paso de Extremadura a Castilla caminaban varios arrieros, como era costumbre, hacia el norte de España para vender los productos que traían y comprar otros. Al pasar por el barrio del Chorrillo, Manuel Romero, un arriero natural de Castuera, provincia de Badajoz, casado y padre de cuatro hijos, se fijó en una joven que estaba hilando.

Sin rubor alguno, Manuel le preguntó de quién era hija y si quería que le trajera algo de Vizcaya, hacia donde se dirigía junto a dos compañeros. Le ofreció acompañarlos, a lo que ella contestó que no. Manuel insistió diciendo que no le faltaría de nada y la respuesta de la joven fue que no le vendrían mal unos zapatos y una cofia para cuando volviera, asintiendo con la cabeza él y con una sonrisa en sus labios. Siguieron los arrieros de camino a Castilla y la joven se quedó hilando, ambos con el pensamiento de que seguramente volverían a verse.

A la vuelta de su visita a Vizcaya, Manuel paró en Baños de Montemayor en la posada del vecino Mateo de Dios en el barrio de los mesones. Después de darle de comer a la recua de asnos y pollinos que le servían de transporte para sus mercaderías, les dijo a sus compañeros que cuidaran de su porte y recua y que volvería pronto. Investigó dónde vivía la chica que había visto meses antes y dio con ella en el barrio de la Higuera, donde vivía acompañada de su hermano Fernando.

Arrieros bajando por el camino viejo

 A la mañana siguiente se presentó en la puerta de su casa para llevarle un encargo que le había hecho. Al entregárselo, la joven, que se llamaba Rosa, le respondió que no tenía el dinero aún y que, si podía esperar hasta la vuelta, le daría unos calzoncillos blancos que tenía y lo que ganase vendimiando. Le dijo que tendría el dinero y le pidió que, si podía traerle una cofia de Plasencia, le pagaría los dos recados juntos, a lo que Manuel accedió.

Manuel, al volver de nuevo a Baños de Montemayor, compró un poco de tocino para cenar con sus compañeros. Rosa estaba en casa de su hermano, donde se vendía dicho tocino, y le preguntó a Manuel si le traía el encargo, a lo que él respondió que sí. Ella le dijo que fuese esa noche a su casa que allí tendría el dinero y que entrara por la puerta trasera.

Puede que entre ellos hubiera un pacto de facto, pues esa misma noche lluviosa, Manuel estaba algo nervioso porque deseaba que llegara el momento de ver a la joven. Después de cenar, dejó la posada saltando por la ventana para que la posadera no le viera, y corrió hacia la casa de Rosa. Llamó a la puerta, pero al ver que salían unos hombres de su casa esperó hasta que nadie le viera. En cuanto salieron, se aflojó la ropa y, echándose en la cama de Rosa, yacieron juntos perdiendo así ella su virginidad.

Fueron varias las noches en que Manuel fue a su casa, tal vez dos o tres. En una ocasión, cuando llamó a la puerta salió el hermano de Rosa y, al no saber qué decir, le preguntó si tenía algo para vender, a lo que Fernando le contestó que no.

En la declaración que hizo Rosa posteriormente en la causa que se abrió por estupro, afirma que fueron dos veces las que la visitó, aunque tuvo repetidos contactos carnales, según ella, con consentimiento por ambas partes. Rosa testificó que en ningún momento él le dijo si estaba casado o soltero, solo le comentó que dejó hijos en su pueblo, Castuera.

Después de estos encuentros, Rosa se quedó embarazada. Llegó el verano de 1737, en concreto el 28 de julio, y llegando al pueblo de nuevo, Manuel hizo por ver a Rosa. Sin embargo, esta vez no le salió del todo bien su intención. Según las declaraciones de los testigos, ese día entre las diez y las once de la mañana, estando Rosa en casa de Alonso Santos, una joven llamada Ana le dijo a Rosa que tanto su madre como Manuel le esperaban en las eras, pues éste tenía ganas de verla. Rosa fue a las eras de Santa Catalina y se encontró con la madre de dicha joven Ana, manteniendo la siguiente conversación:

  • Mira Rosa, que te llama Manuel y me ha dicho que te quiere ayudar, que hace muchos días que no te ve.
  • No quiero verle ni que me diga cosa alguna– contestó Rosa.

Algo debió pasar, pues seguramente Rosa se dio cuenta de que Manuel estaba casado o no quería saber nada de su embarazo. Lo cierto es que, reconociendo la pérdida de su honor, llamó a Juan Domínguez, vecino de este pueblo. Al entrar vio a Rosa tumbada en la cama. Ésta, llena de lágrimas, le contó que estaba embarazada, a lo que Juan Domínguez le dijo que procurase mirar por su “honra” y que se casara con el hombre que había creado tal situación. Rosa, muy afligida, llorando y dando grandes suspiros dijo:

“Ay, tío Juan, cierto es que estoy preñada pero no me puedo casar con él, pues quien lo ha hecho es Manuel Romero, vecino y arriero de Castuera que está casado y tiene cuatro hijos”.

Afligido por la escena que encontró, Juan Domínguez decidió tomar cartas en el asunto. Rosa le había comentado que habían quedado por la tarde en las eras de Santa Catalina pero que no quería ir y le pidió que fuera él, a lo que éste le dijo que mientras él se acercaba a las eras fuera llamando al alcalde y regidor.

Juan se presentó en dicho lugar acompañado del regidor, Matías Sánchez, y un vecino, Manuel Álvarez. Llamaron al Juez y le contaron lo que había pasado y detuvieron a Manuel Romero esa misma tarde, llevándolo preso a la cárcel de Baños y posteriormente trasladado a la de la villa de Béjar. Manuel en todo momento declaró su inocencia sobre dicho hecho.

La razón de su detención fue la comisión de estupro. En la Edad Moderna (siglos XV-XVIII), época en que se desarrollan los actos descritos, se consideraba estupro la unión carnal de un hombre casado con una mujer libre y honesta, empleando la seducción o el engaño para alcanzar el consentimiento de la víctima.

El 31 de julio se decide por parte de la justicia que Rosa permanezca en casa de los vecinos Santos Muñoz y su mujer, de buena vida, fama y costumbres, para que la cuiden. Se notifica a ésta que viva en dicha casa con el recogimiento que corresponde a su estado y que no haga exceso alguno para no perjudicar la salud del feto. Dado que Manuel Romero permanece en la cárcel como reo en esta causa, se hizo retención de sus bienes: la recua y jabón que tenía en la posada de Pedro Ruiz, vecino de Baños para su embargo: Treinta y nueve arrobas y veinte libras de jabón blanco enfardado y liado, tres mulos de carga los dos pelirrubios y otro castaño, cinco pollinos los tres pelirrubios, uno mohíno y otro pelinegro, asimismo los aparejos y sogas correspondientes todos los cuales se hallaban depositados en casa del vecino Pedro Ruiz.

El parto de Rosa tuvo lugar el 9 de noviembre de 1737, naciendo una niña a la que se le puso el nombre de María.

El juez decide que Rosa críe por su cuenta a dicha criatura sin que se pueda negar, con apercibimiento de ser castigada. Al poco tiempo del postparto, Rosa se encontraba en peligro, llegando incluso a dársele el viático. No podía criar a la niña por lo que el juez decide que se buscara un ama de cría por cuenta de quien hubiere lugar. El abogado defensor de Rosa, explica cómo se encuentra su defendida:

“Que mi parte ha parido y se halla de sobreparto muy malita en la cama de forma que ha sido preciso dar la criatura a una ama y por cuanto mi parte se halla en total miseria pereciendo pues si no fuera por buenas almas caritativas ya hubiera perecido por hallarse en gran miseria y sucediendo lo mismo a la criaturita pues el ama que la tiene en casa por ser una pobre la quiere dejar, sin tener mi parte el menor amparo hallándose en total desconsuelo expuesta a suceder alguna desgracia por una razón y que de la serie del proceso se halla justificado ser el motor de dicho preñado la contraria y con efecto en vista dello al tiempo de darse el auto de prueba se le condenó en todas las costas hasta el causadas siendo evidente todo lo mencionado se ha de servir vm de mandar por providencia o como más haya lugar para evitar el que perezca mi parte y dicha criaturita que el fiador de estar a derecho pague y ponga de prometo lo necesario para redimir tan grave vejación pues en ello además de ser justicia es gran caridad y en que se haze gran servicio a Dios nuestro señor, por tanto y que tenga el debido remedio de justicia. Suplico se sirva de mandar … protesto los daños que se causaren contra quien haya lugar…”

La justicia mandó dar a Rosa sesenta reales a cuenta del fiador de la causa, es decir, de Manuel Romero, que se sacaron de los bienes embargados. Rosa tuvo otra niña de padre desconocido, el 6 de noviembre de 1745, llamada Catalina y luego, el 10 de mayo de 1749, nuevamente tuvo una niña llamada Teresa, y según el párroco ella dijo que era de su marido Juan Sevillano, de Almagro.

En un principio se creía que Rosa era menor de 25 años, (la mayoría de edad se alcanzaba en aquella época a los 25 años), pues ella misma dijo tener 24 años más o menos. Cuando los jueces dan por hecho que es mayor de esa edad, vuelve a hacer nueva declaración.

Al haberla considerado en un principio menor de edad, se le puso a Manuel Pérez, abogado de Rosa, como tutor y el delito se consideró estupro, pero tras ver que no era así, se hizo auto donde se dejó libre a Manuel Romero y se le dieron los bienes embargados. Al no ser estupro, ya no se le podía condenar a pena capital, sino que se le debía imponer pena corporal. Sin embargo, esto no se hizo y se le dio libertad bajo fianza hasta la celebración del juicio.

Las fotografías de los arrieros fueron hechas por Benito Peña.

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