Evolución de la Terma Romana. Siglos XVII a XXI. Parte 1

Siglos XVII y XVIII

Ya vimos en la entrada titulada “Termarium. El pasado romano de Baños de Montemayor”, el análisis arquitectónico de la terma romana. Ahora veremos como evolucionó hasta nuestros días.
Partimos de la base que la terma romana sufriría a lo largo de los siglos un deterioro considerable, pero que mantendría los restos de los muros e incluso de los nichos abovedados. La duda es si la cúpula se mantuvo en pie durante todos estos años de abandono. Ciertamente la estructura de la terma se mantuvo en las distintas reformas que se hicieron lo que nos hace pensar que es plausible que la terma se conservara en general en toda su forma. La preocupación de las autoridades por su guarda y protección no hace más que darnos la idea de que se usaban ya para ciertos hábitos, tanto de toma de baños minerales y de recreo, como para usar las aguas calientes para lavar la ropa. La piscina redonda de la terma se mantendría más o menos intacta por los restos encontrados en las excavaciones recientes.
Todo estaría reducido a un estado lamentablemente abandonado hasta que en estos siglos se tuviera por parte de las autoridades locales un interés por su conservación y uso.

Así se establece en las Ordenanzas Municipales de 1628 donde en su capítulo 23 se relata el interés del concejo por mantener limpio y en buenas condiciones el local donde estaba el baño (terma romana).:

“Otrosí por quanto en este dicho lugar tenemos un baño, el qual le es muy útil y probechoso y es raçón questé limpio para el serviçio del pueblo y por quanto el día de los reyes en cada un año se arrienda la guarda del…”

Ordenanzas Municipales de Baños parte de Montemayor, 1628. A.M.B.

A mediados del siglo XVII, tenemos las primeras noticias de cómo estaba la estructura de la terma y qué tipo de usos se le daba. El primer documento escrito que habla de ellos es el informe mandado por el doctor Marcos Flores Rengifo (1638-1682), vecino de Baños, al también médico Alfonso Limón Montero, quien recogió todos los datos de la mayoría de las fuentes minerales de España para la publicación posterior de su trabajo titulado “El espejo cristalino de las aguas de España”. En el informe de Flores Rengifo se nos relata que el edificio se encontraba al final de una llanada corta arrimada a las casas junto a la ermita de santa María Egipcíaca, en sitio bajo y abrigado. La fábrica o edificio era de cal y piedra en forma redonda oval y bastante fuerte, teniendo la pared de altura unas seis varas (unos cinco metros). La puerta del baño era pequeña y por ella vertía el agua fuera del mismo por un desaguadero (según dicho doctor cabía en él un hombre de pie) por debajo de la ermita. Se hizo tal desaguadero para dar corriente a las aguas del baño ya que de otra manera no podría salir el agua por tener su nacimiento bajo.

Alrededor del estanque tenía el baño cuatro nichos abovedados y levantados del suelo, dos a una parte y dos a otra bastantemente capaces para que cupiera una cama en cada uno. Había entre ellos un espacio suficientemente ancho para andar por el baño por dentro sin llegar a las aguas, cabiendo en total unos ocho catres o camas.
Como vemos la estructura de la terma antigua se mantiene intacta, pues habla de fábrica de forma redonda y nichos abovedados, tal como existían en la terma romana. La cúpula nos cabe la duda si fue de nueva construcción o aprovechando la existente. Un detalle importante es que, en los nichos, levantados del suelo, se ponía la cama del enfermo para poder tumbarse después de tomar los baños, y no se usaban para poner alguna bañera como posteriormente se hizo. También habla que había bastante espacio entre la piscina y los nichos y que la gente podía andar dentro de la terma porque el suelo era “enjuto”, es decir seco, sin humedad.

Recreación como sería la Terma en los siglos XVII-XVIII

El baño se dividía en dos partes, una donde estaba el baño principal, que se llenaba con agua caliente y fría y el baño de agua caliente u “olla”. En este último entraban los enfermos a tomar baños y en el baño principal se bañaban los sanos como cita textualmente el doctor:
“al baño grande van a bañarse en tiempo de verano mucha gente de la que huelga y en especial los muchachos y no sienten daño alguno más si alguno tiene sospecha de tener el mal francés huye del porque conocidamente le hace daño”. (Alfonso Limón Montero: “Espejo Cristalino de las aguas de España”, pág. 342).

El manantial de la fuente se recogía en una pila ancha de arriba y angosta de abajo, que tenía dos varas de largo, una de ancho y dos y media de hondo, con tres escalones a cada lado para descanso de los enfermos y que pudiera tomar cada uno el baño hasta donde necesitara.

Por lo tanto y según el informe del doctor Marcos Flores-Rengifo, el baño antes de la llegada al pueblo del Obispo Porras y Atienza, con la condición de Obispo (fue nombrado como tal en 1684), el edificio mantenía la estructura de la terma romana original. La prueba está en que el doctor Flores-Rengifo murió en 1682 y que mandó el informe al doctor Limón Montero, antes de esa fecha y por lo tanto antes de que llegara a Baños el Obispo Porras que lo hizo por primera vez en noviembre y diciembre de 1689. Por su parte el profesor Alfonso Limón Montero escribe a los 48 años, en 1676, su importante obra: «Espejo cristalino de las aguas de España» de publicación póstuma, en 1697.

A finales de este siglo XVII, el Obispo Porras dispuso que toda el agua que manaba de la fuente saliese encaminada por un conducto de medio estado de alto a un mediano estanque, que también hizo construir de la misma materia en forma de lavadero, para que a las mujeres no les faltase la comodidad de lavar en el agua caliente. Este edificio se encuentra frente a la entrada del edificio donde está la terma.

Siglo XIX

Reformas desde 1833 hasta 1860

La necesidad de hacer reformas en el edificio del balneario durante el primer tercio de este siglo, a consecuencia del aumento de bañistas al mismo, hizo que los ayuntamientos de ambas partes del pueblo (recordemos que estuvo dividido en dos jurisdicciones civiles: Baños de Montemayor y Baños de Béjar) cedieran la titularidad del balneario a sus vecinos ante la imposibilidad de hacer frente a los gastos que suponían dichas obras. Fue durante el primer mandato del Médico-director Cristóbal Rodríguez Solano (,1833-1833) cuando se realizaron las primeras obras de acondicionamiento en el establecimiento, aunque Martínez Serrano ya pidió a las autoridades locales la necesidad de unas reformas profundas.

Reforma de 1833

Para poder llevar a cabo esta reforma del establecimiento la recién creada junta denominada “Protectora del Establecimiento” autorizó a particulares con entidad suficiente para solicitar préstamos. Se consigue un préstamo de 20.000 reales a un interés del 6% que con los esfuerzos del vecindario (fueron 800 jornales), quien además de haber echado las peonadas correspondientes que a cada uno se le señaló se comprometió en beneficio del común a trabajar los días festivos y conducir los materiales, se fabricó un edificio de unas 20 varas cuadradas, (unos 17 metros cuadrados), que cubriendo la bóveda antigua era capaz de bastante número de habitaciones en los tres pisos de que constaba.
En la bóveda se hicieron de piedra de cantería cuatro baños particulares o de preferencia (en los antiguos nichos romanos), uno grande en el medio (es decir se amplió el anterior), un recipiente capaz y el arca madre por donde subía el agua como de unas cinco varas de profundidad, que con seis caños de bronce iba llenando los distintos baños, situada en un vistoso arco, formando una agradable perspectiva.

Aspecto actual de la Terma Romana después de las obras efectuadas

El estanque se dividía durante el tiempo de bañarse por medio de un portátil tabique y cortinaje en dos baños generales, cada uno para los distintos sexos que se deban bañar al calor de las aguas en el momento de nacer, sin que las mujeres pudieran ser vistas por los hombres.
Las obras comenzaron en octubre de 1833 y acabaron en mayo de 1834 antes de que empezara la temporada de baños oficial. Para ir satisfaciendo el importe de la obra y demás gastos anuales como sueldo de bañeros, se impuso una cantidad módica por cada baño acabándose de pagar el préstamo en 1839.

Simulación de cómo sería el interior de la Terma tras las primeras reformas.

Reforma de 1840

Dado que, gracias a estas obras de 1833, aumentó el número de bañistas que acudían a tomar las aguas termales, la Junta Protectora del Balneario a petición de su director Francisco Martínez Serrano y durante su mandato de 1835 a 1845) cuando se acometió una segunda ampliación de dicho establecimiento.

Las motivaciones eran claras por parte de dicho director ya que alegaba que los baños existentes eran insuficientes para los bañistas a los que se les obligaba a quedarse en el pueblo y también porque se desacreditaba al establecimiento por no admitir a bañarse el suficiente número de enfermos que cada día acudían en mayor número presurosos a recoger los frutos de tan saludables aguas, y que indudablemente conforme se mejorara el edificio sería mayor la afluencia y mayores los beneficios. Para ello la Junta Protectora autoriza la petición de un crédito de 35.000 reales al rédito del 6% hipotecando para ello los productos del establecimiento.

En octubre de 1840 los vecinos Ramón González-Rey Domínguez (1787-1850) y Juan Álvarez Martín del Abrigo (1797-1879), hicieron un préstamo, el primero de 20.000 reales y el segundo de 15.000 reales, ambos con el rédito del 6% de interés. Al tener que hacer desmonte para esta nueva obra se pide al vecindario un total de 2.000 jornales bien de personas o caballerías.

Las obras comienzan en 1840, en los mismos términos y sacrificios de la anterior. Ahora se excavó en dirección al este del edificio. Se añade a éste, un local de 20 varas de largo (unos 17 metros), por 8 de ancho (unos 7 metros), cimentándose con mucho trabajo por ser todo un terreno pantanoso. Se hicieron siete baños pequeños y tres grandes, uno de los cuales servía de recipiente, como el que se nombró en la primera obra. Se hicieron asimismo tres baños pequeños, cada uno en un cuarto, dentro de una sala sudadero, de la primera obra.

En las excavaciones que se hicieron para esta obra, apareció un murallón de cal y canto bastante fuerte, que se dirigía de oeste a este sobre el cual se cimentó parte del edificio como también varias urnas pequeñas y ruinas de un antiguo edificio, que por lo que pudo conocerse correspondía a época romana.

En diciembre de 1840 se pararon las obras por no haber más fondos. Faltaba construirse los cuartos y echar el cielo raso, así como formar el primer y segundo piso. En junio de 1841 la Junta vuelve a pedir un crédito a algunos vecinos para que puedan seguirse las obras. Ramón Miña Tostado (1784-1848) presta 4.000 reales y Pedro Sánchez Colmenar (1772-1843) 6.000 a un interés del diez por ciento. Este dinero sirvió para pagar lo que se debía a los maestros de obras y para continuar las mismas. Resueltos los problemas económicos, la obra acaba en 1843. Esta es la obra de la mal llamada galería del siglo XVIII, pues como vemos se construye en el siglo XIX.

Resumiendo, diremos que después de estas dos grandes obras, el edificio se dividía en dos partes casi iguales e independientes, habiendo en cada una un baño general grande, otro de modificación y dos proporcionados sudaderos para los que en ellos se bañaban con las suficientes tarimas, sillas y perchas. Seis baños particulares con su alcoba y puerta correspondiente cada uno con el necesario utensilio, y uno de agua fría mineralizada ligeramente, que manaba bajo aquel mismo techo. Los dieciséis baños se vaciaban y limpiaban por la mañana y tarde cuando concluía la tarea de bañarse, recibiendo todos por conductos y canales las aguas del arca por los seis caños que tenía y de ellos tomaban el agua los que debían usarla en bebida con el mayor aseo y limpieza.

Se construyó además una sala para despacho del médico consultor, otra que le servía de habitación y finalmente dos grandes dormitorios para hombres y señoras con tarimas o catres para descansar, desnudarse y vestirse después del baño.

Imagen del despacho médico del balneario

En total el edificio constaba ya de unas 34 varas de largo, 20 de ancho y 10 de alto (28,39; 16,70 y 8,3 metros), dentro de él y por un sencillo mecanismo de acueductos y encañados, se presentaba el manantial de agua termal y a su lado en pequeñísima distancia otro de agua fría a la temperatura ordinaria. Cada uno de estos manantiales vertían en una gran pila de granito y pasaban después a un gran depósito semicircular, desde el cual, por conductos de plomo se conduce a una y otra agua según la necesidad, a cuatro espaciosos baños llamados generales, con barandillas de hierro o madera, otros cuatro particulares colocados en los cuatro ángulos de la espaciosa cuadra central y abovedada.

Reforma de 1844-1852

Hechas ya estas dos obras y dada la gran afluencia de bañistas se solicitó por parte del director del establecimiento, un nuevo ensanche del edificio, fundado en el sobrante de aguas que se necesitaba para los baños existentes. Pero al no haber más terreno donde edificar, se tuvo que comprar las fincas inmediatas al establecimiento, pagando por ellas más de lo que realmente valían como siempre sucede en casos análogos.

Se emprenderá en el año de 1844, otra excavación por la parte norte del edificio en la misma forma que se habían hecho las anteriores y cuando se estaba a punto de terminarla, brotó de su centro un caudal de agua mineral que era ni más ni menos que la que abastecía la primitiva fuente puesto que con su desagüe dejaron de manar los caños de aquella. Se decide por tanto recoger aquél agua en un arca que se formó hasta la altura suficiente haciendo que volviera a la primitiva. En esta excavación se encuentran diez aras votivas de granito de procedencia romana.

En 1850 nuevamente el director del establecimiento, en este caso Cristóbal Rodríguez Solano que lo fue desde 1846 a 1859 (en 1833 y 1834 alternó con Francisco Martínez Serrano) solicita la ampliación del balneario en forma de más salas particulares, todo ello encaminado a recibir a más bañistas y evitar la fuga a otros establecimientos a la vez de modernizar las instalaciones que se tienen en ese momento. Para ello se vuelve a pedir un préstamo a los vecinos más acaudalados. Juan Sánchez-Herrero (1801-1879) abona 25.000 reales, Fernando de Olivas (1791-1879), 10.000 y Francisco Guardado Álvarez (1797-1886) 30.000 con el consiguiente interés del seis por ciento y volviendo a hipotecar los productos y el propio edificio del balneario. Asimismo, se pidieron 2.500 jornales a los vecinos, personales y de caballerías.

En el año 1852 se dio principio a otra excavación esta vez al este y norte del edificio, prolongación al salón de la segunda obra, constituyéndose en ella siete baños más de preferencia en sus respectivas salas, que hacían ya un total de 16 en todo el salón, y además un hermoso y espacioso baño general con su correspondiente sudadera. En esta obra se aumentan los arcos de piedra para formar un total de cinco. En este momento el cierre de los muros es más bajo de lo que aparece en la actualidad pues como veremos posteriormente en 1877 se reforma de nuevo la galería y se eleva hasta alcanzar la altura que hoy tiene, abrigando a las bañeras que se situaban a ambos lados de un pasillo central, y que fueron también remodeladas en años posteriores. Las obras acabaron antes de la temporada oficial de 1853.

Galería de baños

Digamos que después de estas obras el edificio constaba de tres pisos, tenía unos 28 metros y medio de largo, 16,70 metros de ancho y 8 metros de alto, dos manantiales, uno de ellos de agua fría que se utilizaba para rebajar la temperatura natural del primero. Cada uno de estos vertía en una pila de granito, desde donde pasaba el agua a un depósito semicircular, que comunicaba con los diferentes baños por medio de cañerías de plomo. Había diecisiete baños: cuatro espaciosos llamados generales, con plataforma ancha y separada del baño por barandillas de hierro o madera; otros cuatro particulares situados en los cuatro ángulos de la gran pieza central y abovedada; y alrededor de esta pieza, en una galería espaciosa cubierta por arcos de piedra, 16 baños llamados de preferencia, en habitaciones separadas y con su pila -en un principio de granito y posteriormente de mármol- y puerta correspondiente. Hay también dos grandes aposentos con catres para descansar, desnudarse y vestirse antes y después del baño.

En 1858 el director del establecimiento termal hace una petición al ayuntamiento de Baños sobre la necesidad de que se construya una puerta de entrada al establecimiento del baño por la pared que se estaba fabricando y que rodeaba el edificio con objeto de no quedar aislado el local, aprobándose dicha petición. (la pared tenía una altura de dos metros).

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