Cuidados médicos en Baños de Montemayor a principios del siglo XIX. Parte 1ª

Manuel Hurtado de Mendoza, Valladolid 1783-Madrid 1849, fue doctor en medicina y cirugía médica, partidario del médico y cirujano francés F. Joseph Victor Broussais que tuvo un gran impacto en la medicina europea durante las primeras décadas del siglo XIX, pero fue abandonada poco después. Consideraba el broussismo que todo proceso patológico tiene su origen último en una alteración irritativa del aparato digestivo y hacía de las sangrías, mediante la aplicación de sanguijuelas, el principal método terapéutico. Hurtado fue discípulo de Broussais en París y se convirtió en un férreo defensor de sus doctrinas y traductor al castellano de sus escritos científicos.

Convencido de las bondades del broussismo, a través de su influencia esa corriente terapéutica alcanzó también difusión en España, ya que Hurtado consiguió un gran prestigio profesional y una amplia clientela de pacientes. Incluso después de caer en descrédito el broussismo, Hurtado siguió aferrado a él y esa fidelidad marcó su decadencia en los últimos años de su vida

Manuel Hurtado estuvo ejerciendo como médico en Baños de Montemayor en el primer tercio del siglo XIX, y durante este tiempo escribió varias observaciones y prácticas médicas que luego reflejó en un libro que llamó “Décadas de medicina y cirugía (1822-1828) Madrid 1828”.

Libro de Hurtado de Mendoza donde presenta algunas de sus experiencias como médico y cirujano, 1828

Observaciones

En 1827, desde primeros de agosto hasta primeros de octubre, se presentó en Baños de Montemayor una epidemia de gastritis y gastroenteritis. En ese tiempo pudo Manuel Hurtado poner en práctica la forma de curar estas enfermedades a base de dieta, sanguijuelas y atemperantes gomosos, que hoy día nos causan perplejidad pero que en aquél entonces era moneda común en la medicina. En algunas ocasiones pudo curar la enfermedad, pero en otras no tuvo final feliz. Estas observaciones las trasladó a su libro y en esta primera entrada expongo dos de ellas, una con un buen final para el enfermo y otra que no lo tuvo.

Primera Observación

«Pedro Regidor, mozo soltero, natural de este pueblo de Baños Montemayor, de edad de veinte y tres años, fibra rígida, constitución irritable y apasionado a licores espirituosos, sintió el 20 de agosto de 1827 un fuerte dolor de cabeza con frío general de cuatro horas, y continuos conatos a vomitar, enseguida se desarrolló un calor inmoderado con gran sed y suma incomodidad. El 21 fui llamado para visitarle: le hallé con el rostro muy encendido, lengua árida en todo su centro, bordes encendidos, y punta lanceolada, pulso duro y muy acelerado, inquietud y delirio. Desde luego caractericé la enfermedad de una gastritis aguda, que simpatizaba al cerebro, por lo que inmediatamente le ordené una sangría general, que se verificó a los ocho de este día y conociendo algún alivio, se repitió al anochecer. Se le puso a una rigurosa dieta y agua de limón gomosa fría de nieve para beber a discreción. (La gomosis es una enfermedad que se manifiesta en los limoneros como una exudación de savia gomosa del tronco y las ramas).

El día 22 volvió a tener calentura con delirio pronunciado, saliéndose a cada momento de la cama precipitadamente. Se le aplicaron veinte y cuatro sanguijuelas sobre el epigastrio, teniendo alivio a la media hora, cediendo algo el delirio y siguió la dieta.

El 23 dieta y agua de limón gomosa, teniendo delirio nocturno.

El 24 continuó el delirio nocturno, pero guardando quietud, aplicación de doce sanguijuelas en cada lado del cuello sobre las yugulares, tres lavativas emolientes frías, fomentos de vinagre aguado sobre el abdomen, por el sumo ardor que en él se observaba, sudor copioso a las seis de la tarde que duró cinco horas. Desapareció la calentura y el delirio y vino un sueño tranquilo de seis horas, y cuando despertó pidió alimento y se le permitió una taza de arroz azucarada.

El 25 sin fiebre, chocolate por la mañana, agua de arroz azucarada a medio día, limonada y chocolate por la noche.

El 26 chocolate por desayuno, sopa de arroz al mediodía, limonada y chocolate por la tarde, pera asada por la noche.

El 27, 28 y 29 lo mismo, en este día se levantó un rato y estuvo bien.

El 30 chocolate por desayuno, al mediodía sopa de arroz y alones de gallina, pera asada por la noche.

Desde el día 31 empezó a usar del alimento acostumbrado en el estado de salud, pero con una progresiva graduación».

Segunda observación

«Diego Regidor, vecino de Baños de Montemayor, de cincuenta y dos años, naturaleza robusta, había podido curarse de una gastroenteritis aguda que sufrió en 24 de diciembre de 1926 a consecuencia de un excesivo frío que sufrió trabajando en la viña de su propiedad, siguiendo los consejos que el médico le había dado. A la vez le recomendó que si volvía a sufrir algo igual siguiera sus consejos. Pero Diego Regidor no siguió dichos consejos de moderación y en verano volvió a tener la misma enfermedad que él decía cólico.

Persuadido que con tártagos, (medicina que con frecuencia usaba en su juventud sin consulta de facultativo para desocupar su estómago, después de haberse entregado a la glotonería, consistente en una planta medicinal con virtud purgante muy fuerte), conseguiría evacuar lo que presumía ser causa de su indisposición, se tomó doce, pero lejos de moverle el vientre ni hacerle vomitar, que era lo que deseaba, se le excitó un vivo dolor en la región umbilical con tan fuerte calentura, que le obligó a llamarme y confesar su debilidad: amonestado amistosamente del exceso que había cometido en tomar semejante remedio, y que en adelante jamás volviese a usar de él, porque se exponía a perecer a impulso de su actividad, le propuse el plan para calmar la inflamación que era preciso poner en práctica para su curación y aunque lo rehusó algún tanto, al final convino en ello.

Una larga sangría del brazo, docena y media de sanguijuelas sobre el epigastrio, con la nulidad de alimentos por tres días, agua de limón gomosa a discreción, y lavativas emolientes, disiparon todos los síntomas de una agudísima flegmasía (forma grave y rara de trombosis venosa profunda, en este caso en el hígado), pero olvidándose pronto de los saludables consejos, se entregó sin reflexión a todo género de alimentos indigestos y estimulantes para excitar el paladar: a los licores, hígado compuesto con guindillas, gazpacho con ajos crudos, y otras sustancias de esta naturaleza eran su alimento predilecto, que con las bebidas espirituosas, no tardaron en reproducir la gastroenteritis con disposición a la flegmasía del hígado, según lo anunciaba el color amarillo de la conjuntiva, como igualmente de toda la piel, la orina turbia y encendida que tinturaba de amarillos los lienzos blancos, y un dolor lancinante correspondiente al sitio que ocupa la citada víscera. La lengua en su centro estaba cubierta de una gruesa capa amarilla, pero sus bordes muy encendidos, y el pulso alto y con fiebre.

Reconvenido de su inobediencia traté de combatir nuevamente la tan marcada flegmasía con un rigurosísimo plan para calmar la inflamación, pero la desconfianza en el tratamiento que dos veces le había dado la vida, pidió con ansia vomitivo y para en algún modo tranquilizarle, se le dispuso un agua emetizada que debió tomar el día 8 de agosto de este año de 1827 que debería causarle vómitos.

En la visita de la mañana de este día le hallé quejándose de un vivo dolor en el lado derecho correspondiente al gran lóbulo del hígado, que se exasperaba con la presión del tacto, lengua gruesa, seca y renegrida, pulso alto sobre manera acelerado y con un inexplicable desasosiego. A vista de tan alarmantes síntomas que yo juzgaba del agua emetizada, pregunté en qué términos se le había administrado y cuando me respondieron que no habían hecho uso de ella, se tranquilizó mi espíritu que me estaba acusando de haber dispuesto una medicina que no se me ocultaba la exposición a funestos resultados, pero duró poco esta tranquilidad cuando enseguida se me contestó que a instancias del paciente le había dado su mujer quince tártagos en forma de horchata. Mujer incauta, ¿no bastaba ya haber visto a tu marido expuesto a perecer con el uso de tan dañosa sustancia para no condescender con sus importunos ruegos?

El peligro es grande, la dije, se hace preciso convocar a junta a otro facultativo, y citado un medico, cuyo nombre se calla por un pundonoroso respeto, relacionado circunstanciadamente de la primitiva enfermedad que dio origen a tantas recaídas, y que a la presente caracterizaba de una gastro-entero-hepatitis aguda, que debía combatirse con rigurosa dieta, sanguijuelas y atemperantes gomosas.

Aunque el nuevo facultativo no pudo menos de convenir pertenecía a la clase de inflamatorias, solo consintió una pequeña sangría, porque pronto decía vendrá la debilidad muscular, que será preciso remediar con tónicos que de ningún modo convenían las sanguijuelas y que el tomar los tártagos no era tan disparatado como yo acusaba al paciente, puesto que le había ordenado el agua emetizada.

Discutidas las proposiciones supliqué a los interesados o que se quedase el enfermo a cargo del médico llamado, o se nombrase un tercero en discordia. Conociendo bien el acompañado que los resultados serían bien funestos con el plan tónico propuesto por él, abandonó al enfermo sin querer volverse a reunir, aunque fue citado varias veces. La afligida mujer me suplicó hiciese cuanto estuviese a mi alcance, puesto que no se hallaba en disposición de subvenir a los gastos de convocar más facultativos, y aunque me pareció no deber condescender con sus súplicas, la humanidad exigió de mí no abandonarle en tan crítica situación. Insistí en la aplicación de sanguijuelas sobre el punto dolorido, la nulidad de alimentos y un atemperante gomoso a discreción.

El día 9 por la noche se le pusieron veinte y cuatro sanguijuelas, pero cual sería la impresión que le causaron las expresiones del médico convocado, cuando después de haber consentido en su aplicación se le recuerdan vivamente y con furor se las arranca él mismo. Las reflexiones de su esposa, y las amonestaciones de sus amigos no fueron bastantes para hacerle decaer de la horrorosa idea que de estos animalitos le había hecho concebir el genio de la contradicción. Desprendidas todas violentamente a los seis o siete minutos de su aplicación, pidió un vaso de agua y dijo que le dejasen solo. El no poner apósitos sobre las heridas hizo que la sangre corriese por más de cinco horas que permaneció dormido, y al despertar se halló libre de todo dolor e incomodidad, pidió alimento, que le fue negado por su mujer, que estaba bien advertida de los perjudicial que le sería en un estado de tanta irritación y solo le concedió una taza de agua de arroz azucarado, con la que durmió otras dos horas. Concluido este sueño, volvió a pedir alimento con tal expresión que su mujer no pudo menos de condescender en darle un poco de sopa de arroz y medio cortadillo de vino, que recibió con sumo placer a las ocho de la mañana de dicho día 9.

Desde el día 10, aunque con poco método, siguió bien hasta llegar a ponerse en actitud de manejar su hacienda, componiendo viñas, huertos, etc. Pero siempre con la melancólica idea de que no recobraba las fuerzas antiguas por la suma debilidad inducida por las sanguijuelas. Los excesos en la comida y bebida le llevaron a la repetición de los tártagos y éstos a una inevitable ruina. En efecto, el 25 de septiembre del mismo año se desenvolvió la flegmasía gastro-entero-hepática que trató a su antojo con tónicos y alimentos sustanciosos, se desorganizó el hígado e intestinos expeliendo por el ano abundancia de sangre negra y reluciente y a los cinco días de este acontecimiento fue víctima de su obstinado capricho».

Partida de defunción de Diego Regidor de 1827, iglesia de santa Catalina

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